Mostrando entradas con la etiqueta El abominable hombre de las tierras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El abominable hombre de las tierras. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de diciembre de 2009

Formas de escuchar música

Los que nunca terminan de escuchar una canción porque en la mitad necesitan pasar a otra son tacaños y  les gusta ir a un tenedor libre y “aprovechar para comer todo”.

En cambio, los que no pueden cambiar la canción hasta que suene la última nota, por más insignificante que sea, son exagerados, quisquillosos y se quejan de todo.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Bailemos

En todas las fiestas hay una cosa, entre todas las demás cosas que detesto, que me da ganas de tirarme de cabeza por un precipicio. En todas las fiestas hay un energúmeno deplorable que se cree "cool" y se divierte molestando al que no tiene ganas de andar deslizándose entre cuerpos sudorosos al ritmo de una cumbia o un reggaeton. Que se divierte exhortando persistentemente a los que no nos interesa cantar a los gritos "Azul" de Cristian Castro, ni nos emocionamos con las canciones de Axel.
Le voy a decir algo a este enfermo mental que llega en medio del carnaval carioca manifestando su exorbitante patetismo en todo su esplendor, a este tarado pusilánime que llega con la camisa transpirada y arremangada, una corbata en la cabeza, y un collar de flores con el que quisiéramos acogotarlo. A este imbécil que no tiene nada mejor que buscarnos en la silla en la que estamos sentados, tironearnos del brazo y arrastrarnos por el piso del salón como un cavernícola aunque le estemos diciendo a los gritos que ni en pedo ponemos un pie en la pista. A vos, retrasado mental, a vos te voy a decir: ¡Agarrá esas antenitas fluorescentes que tenés en la cabeza y andá a bailar con E.T., FORRO!


lunes, 19 de octubre de 2009

En el aula

El mundo se divide en dos tipos de personas:

Por un lado, los que llegan a un parcial con dos hojas arrancadas del cuaderno, y una lapicera medio muerta que usaron todo el año: dejados, desprolijos, impuntuales, despreocupados, perdidos, distraídos, rebeldes, hippies, relajados, despeinados, cómodos, Kurt Cobain, creativos, tiernos, dependientes, cariñosos, divertidos, extrovertidos, amistosos, depresivos, indecisos, ciclotímicos, olvidadizos, torpes, inconstantes, pensativos.

Por el otro, los que, aun sabiendo que no van a necesitarlo, no se presentan sin corroborar veinte veces que tienen tres lapiceras nuevas, una birome de color para subrayar, liquid paper, lápiz, sacapuntas, goma de borrar y regla: neuróticos, obsesivos, minuciosos, inquietos, fóbicos, nerviosos, inseguros, irascibles, Monk, prejuiciosos, imaginativos, ordenados, fieles, rutinarios, enamoradizos, calculadores, apasionados, perfeccionistas, sensibles, simbióticos, organizados, impulsivos, extremistas, sorpresivos, músicos, impredecibles.

martes, 29 de septiembre de 2009

Porcinos (y no es la gripe)


Ayer, mientras pensaba sobre el herpes que me salió y que mutó en un descomunal meteorito radioactivo, se me ocurrió que hay un tipo de persona -o más bien, una costumbre bastante fea de un tipo de persona- que me pone los pelos de punta.
Hay gente que disfruta de pasar por tragedias, enfermedades y accidentes. Pero no porque pertenezcan a una secta sadomasoquista, ni porque se regocijen en su dolor: sino porque les fascina, los emociona hasta las lágrimas ser protagonistas de alguna historia hórrida y morbosa que puedan relatar. Toman carrera y se apresuran a tomar las riendas de la conversación cada vez que se les presenta la oportunidad de contar una anécdota de este estilo.
Ahora bien, lo terrible no es eso. Porque podrían simplemente amargarnos con las historias de su tempestuosa suerte, y contentarse con eso. Pero no. A esta especie lo que los lleva hasta el éxtasis es otra cosa: entrar en descripciones meticulosas, hacernos visualizar por completo cada gota de su sufrimiento, cada horror de su salud. Les tiembla la voz y se llenan de euforia con la simple idea de aterrorizar a sus oyentes.
Y por supuesto, en su acalorado discurso, se yerguen con un orgullo patriótico, con un aire a bandera nacional, y no pueden omitir el incluir las palabras: "marrón", "líquido", "pus", "chorreaba" y "flema". Sobre todo pus. Por alguna descabellada razón, a los ordinarios se les acelera el pulso cada vez que dicen "pus". Y no basta sólo con la palabrita; cuantas más veces la usen, cuanto más extraordinarias sean las cantidades en su narración, más felices son. Aunque uno los mire con cara de callateenfermo, sinoparásmevoyaperforarlostímpanosparanoescuchartemás, ellos miran con los ojos muy abiertos, hablan bajito, mueven mucho los brazos y hacen gestos de dolor, no importa que nuestra expresión delate nuestras ganas de salir corriendo. Hasta no ver la primera arcada no se detienen. Y ahí sonríen, felices de haber salido triunfantes de su calvario, satisfechos con su propia hazaña.
Esto es para ellos. A todo aquel que se deleita contándonos inmundicias escatológicas y demás: oíme, marrano hediondo: a NADIE le interesan los detalles de tu diarrea.

lunes, 3 de agosto de 2009

La vita è... patetica

A pesar de los tres mil inventos inútiles que tiene Facebook, hay una cosa que rescato: al ser casi casi una especie de Reality Show, los nos deja conocer un enorme basural pestilente de las realidades humanas más vergonzosas, apiladas una encima de la otra. En esta página llena de cachivaches pueriles, se desnudan los horrores del alma humana.
Hoy, entre todas las verdades que me enfurecen, fue la respuesta que encontré en una encuesta la que logró que los ojos se me salieran de las órbitas, y empezara a martillar una respuesta el teclado con una ira asesina a flor de piel.
La encuesta preguntaba si era mejor “leer el libro o ver la película”. Lógica y lamentablemente, pensé, va a ganar ver la película. Sin embargo, probablemente, al menos los resultados estarían peleados, cabeza a cabeza. Pero no. Un 81% aproximadamente había votado ver la película, y apenas un mísero y escaso 19%, asomándose tímido y febril, sostenía que era mejor leer.
No termina ahí, no. Lo que hizo saltar los tapones de mi cordura, lo que provocó el cortocircuito y el estallido de chispas, fue la siguiente respuesta de alguna bestia inhumana, un inculto, un inadaptado social: “aa chabonesss...ustedes poor q soon unos tragaass y ademass fuera de ondaa,,”
Lo triste es que el que escribió eso no es un alma solitaria, un asno aislado que defiende lo indefendible; sino uno de los 12,200 que opina lo mismo. Sabía que la estupidez era abundante, pero ¿tanto? Cómo quisiera romperles el cráneo con una patada voladora.


Y así es como malgasto tristemente mi tiempo en algún retrasadito patético. Cuánto siento no poder contenerme a veces.

lunes, 27 de abril de 2009

¡Vive la música!

Como estudiante y fanática de la música, escucho prácticamente de todo. Sin embargo, todo lo que escucho me lo guardo para mí, lo escucho en mi casa, lo tarareo en mi cabeza, lo llevo en el mp3.
Hay un tipo de personas que hace que mi furia arremeta como impulsada por una catapulta: son esas que no conocen los límites de la privacidad, y andan en tren, colectivo, caminando, en carretilla, o como sea con el celular en la mano (generalmente un Nokia 5200) y un tema de Don Omar saturando el parlante que crepita como un disco de vinilo, alucinando con que los que están cerca tienen algún deseo de disfrutar de sus porquerías.
¿Y qué pasa si uno está intentando leer algo importante? ¿Si están contando hasta mil y se van a perder, si están tratando de recordar una canción que tienen en la punta de la lengua, si necesitan concentrarse en lo que sea? Pero no, a ellos les importa un rábano lo que los demás quieran; necesitan exponer su música horrenda para que la escuche todo el mundo, orgullosos, caminando portentosos con la frente en alto y el celular en la mano, convencidos de que están haciéndole un favor al mundo compartiendo su música pedorra.
¡No me puedo concentrar en estudiar a Durkheim o a Saussure, o leer a Cortázar, si algún infradotado me taladra el oído con su ringtone de Fergie! ¡Los auriculares no son para saltar a la soga, imbécil! ¿Qué se piensan, que alguien se va a levantar y ponerse a bailar, risueños, o acercarse y felicitarlos: “Flaco, qué buena música que escuchás”?
No me interesa si es un reggaeton, si es Rata Blanca, Avril Lavigne o la novena sinfonía de Beethoven: tu música te la guardás para vos, no somos tus amigos y no queremos compartir tu alegría desbocada. Los demás no tenemos por qué soportar tus pretensiones de musicólogo si no tenemos ganas.

martes, 17 de marzo de 2009

Pegame y llamame Marta

Me revientan los aburridos con falta de creatividad que le ponen por nombre a sus mascotas clichés evidentes como "Peludo" o "Negra", o pavadas melosas y trilladas al estilo de "Puppy", "Loli", "Popi", Pepo", "Cuco", "Kiki", "Fluffly" que me dibujan en la mente a una vieja con suéter afelpado, cintas, corazones, y mucho rosa.
Peor todavía si el nombre referente a los atributos del animal está en diminutivo, como "Negrito", "Blanquita", "Manchita".


(Nota: Cuando era chica, le puse a mi ovejera recién nacida el nombre de "Pancha". Pobre.)


Bonus: para frustrarme un poco más, una amiga acaba de mencionar que Susana Giménez es maestra. Al principio creí que era un chiste de muy mal gusto y me reí, pero resulta que es cierto. Si no me creen, véanlo ustedes mismos.

viernes, 13 de marzo de 2009

Bullshit.

Así como el otro día me tocó viajar con un remisero genial, que no abrió la boca en todo el viaje y venía escuchando Power Metal, hoy tuve la desgracia de encontrarme encerrada en un auto con un flacucho cincuentón aburrido como un bicho bolita que me relató con lujo de detalles la interesantísima biografía de sus perros, cómo los encontraron, lo bien qué se llevan, la comida que les gusta, en qué posición duermen y quién sabe cuántas babosadas más. Un monólogo fascinante que deslumbraría a cualquiera.

miércoles, 11 de marzo de 2009

No es cuestión de paladar


Está bien, en las vacaciones hace calor, uno está cansado y el mar le abre el apetito a todo el mundo, es entendible que se vendan churros, bolas de fraile, helados a medio derretirse, gaseosas, golosinas vencidas hace quién sabe cuánto tiempo y ensaladas de frutas aguadas, achicharradas y sin sabor. Pero una de las tantas delicias se escapa a mi capacidad de comprensión: el choclo.
No hay nada más antiestético y poco práctico que comprar choclo en la playa. Yo entiendo que quizá sea rico (a mí personalmente no me gusta), pero por favor, yo no me llevo una tira de asado para comer sentada en la arena al lado del mar.
Sigan con los churros, con las facturas, las gaseosas. Si quieren un choclo, vayan a su casa, o a un restaurant. El choclo no se come en la playa.


Bonus: Está confirmado, no hay peor mentira que la de la Crema del Cielo. Crema americana nadando en colorante, intoxicación a su servicio.

domingo, 15 de febrero de 2009

Lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal - Salvador Dalí

Yo creo que a algunas personas les gusta ponerse en pedo por la mera satisfacción de armar un drama de telenovela y poder contarlo después, finalizándolo con “Soy un/a idiota, ahora no sé qué voy a hacer. Nunca más tomo una gota de alcohol”.
Por supuesto, a las pocas semanas vienen con la misma historia de que “se pasaron un poquito” y que “estaban conscientes, pero no sabían bien por qué hacían esas cosas”. Y otra vez el lío porque se mandaron la misma cagada (o una muy parecida) y hay que escucharlos quejándose de ¡oh!, lo desgraciados que son, qué boludos que hicieron eso. Luego se divierten pidiendo consejos y relatándole a todo aquel que esté dispuesto a escuchar sus lloriqueos que a partir de ahora su mejor amiga le cortó el rostro y que la extraña, que Juan no la va a llamar más, o que Federico está re caliente, y que no sabe qué hacer. Qué triste, pobrecitos.
Mentira, si les encanta el escándalo, sobre todo si son ellos los protagonistas de esa tragedia de novelucha de Cris Morena.

Personaje paralelo: también está el cobarde que se come bagres y después se esconde como un avestruz debajo de la excusa de que “estaba en pedo y no sabía lo que hacía”.

sábado, 14 de febrero de 2009

Claustrofobia



Cuando se trata de organizar salidas, siempre surge una complicación cuando el inventario del programa incluye “salir a bailar”. Es probable que influya el que yo sea una ermitaña que no tolera la muchedumbre, ni en boliches, ni en fiestas, ni en las playas sobrecargadas de turistas con anteojos de sol y bronceador.
Ya desde la entrada empiezo a sentir sueño, asco y las ínfimas ganas de entrar que aun quedaban rondando por ahí, solitarias, se van en picada en cuanto el “punchi-punchi” de los remixes de electro, reggaeton o autores latinos me roza los oídos; ya desde la puerta se siente el contraste de la noche fresca y silenciosa, contra un interior apretujado, caliente y muy ruidoso.
Igual eso no es tan terrible: lo terrible viene si, por algún milagro de la vida, logran empujarme hacia adentro del boliche después de estar luchando con uñas y dientes y aferrándome al marco de las puertas para no poner un pie adentro. Ahí es donde empieza la Gran Odisea.
Ahí está uno, entre paredes que lo encierran herméticamente entre una pista rebosante de un sinnúmero de adolescentes y jóvenes sudorosos, con los pelos pegoteados por la transpiración, las remeras mojadas, la falta de espacio que nos obliga a comprimirnos como podamos y deslizarnos entre cuerpos desconocidos que nos aplastan como un sándwich y nos mojan con su sudor, y su pelo mojado, y sus remeras húmedas. Claramente cada uno en su mundo, como si quisieran estar solos, pero rodeados de una multitud desconocida, ya que no se puede entablar conversación ni intercambiar opiniones con el punchi-punchi que revienta tímpanos por doquier como a un sapo. Y ahí, entre puteadas inaudibles que quedan ahogadas debajo del griterío dedicas a algún borracho que salta alegremente propinándole a quien encuentre por su paso pisotones, golpes, empujones y demás, después de un par de intentos fallidos de explotar en alaridos, finalmente alguna amiga entiende tu grito desesperado de: “¿Me acompañás al baño?”, mientras las otras se encargan de cuidar a Josefina, o a Carla, o a Sofía que se puso en pedo y algún pájaro carroñero la quiere acosar.
Atravesando la pista mientras de fondo suena algo como “Pasame la botella, quiero beber en nombre de ella”, o alguna cualquiera de Daddy Yankee, entre la nube de aire irrespirable, el calor, la humedad que transforma hasta el pelo más lacio de propaganda de Pantene en un desparpajo erizado como un puercoespín, los remixes horrendos, las paredes resbalosas cubiertas de condensación, el piso sucio y con aspecto a mugre pegajosa, está el baño. Pero por supuesto que es una estupidez intentar ir al baño de un boliche si una está apurada: repetir tres veces la fila de espera en un hospital requiere muchísimo menos tiempo que el que toma esperar en la puerta del baño. Sí, leyeron bien, en la puerta, porque es imposible entrar con treinta y cuatro adolescentes o jóvenes atrincheradas frente a los espejos empañados retocándose el maquillaje, cacareando como gallinas, contentas de la vida por “el caño que se acaban de comer”, un par de ebrias tambaleándose, o llorando, y algunas otras vomitando dentro de los cubículos (con las puertas abiertas, claro).
Finalmente nos resignamos a que nuestras necesidades básicas tendrán que esperar, y luego de revisar nuestra imagen en el espejo para que la travesía hasta el baño no haya sido en vano, arrepentirnos de hacerlo y ver nuestro estado, comenzamos a nadar una vez más entre ese caldero en ebullición, estrujándonos como podamos para lograr pasar, aunque finalmente recibimos algún pisotón bastante fuerte, un grito desbocado en el oído (que ya bastante maltrecho está), y, por qué no, un desagradable salpicón con olor a pis de algún trago horrible con nombres ridículos como “Semen de Hulk” o “Piel de Iguana”.
Entonces, cuando creemos que nada puede andar peor, nos sentamos o nos paramos en un rincón, en la barra, en donde sea, o quizá los más optimistas intentan bailar (cosa que me desagrada muchísimo. Yo figuro dentro de las que se quedan sentadas esperando a que pase el tiempo), y comienzan a acercarse los primeros buitres que vienen en varios modelos. Está el típico alegrón elocuente que se acerca, hace chistes absurdos con toda la confianza del mundo como si fueran mejores amigos de toda la vida, y así, muy sutilmente te pregunta por qué no bailás, que vayas a divertirte con él (pero por favor, prefiero limpiar todo el piso mugroso con la lengua antes que desaparecer a bailar con un desconocido con esa cara de perejil), que es el mismo molesto que se divierte presionándote para que bailes en una fiesta de quince o un casamiento, y finalmente se aleja después de que te desgarraste la garganta intentando explicarte a los gritos que no tenés ningún tipo de interés en bailar con él, que no, sus chistes no son graciosos, y que ni loca le contás la historia de por qué estás ahí si tanto te aburre; el enano granoso con gorra a cuarenta y cinco grados que se te acerca a dos milímetros de la cara diciéndote “¿Querés venir a bailar?”, y cuando lo rechazás sutilmente, insiste retrucando: “¿Qué, tan feo soy?”; y otros un poco más desubicados que directamente se aferran de tu mano y pretenden arrastrarte a través de la pista como un cavernícola que remolca a su mujer de los pelos hasta la cueva, a pesar de tu resistencia y tus intentos exasperados por soltarte de su mano aprisionando tu muñeca.
Ir a bailar me da asco. Me pone de mal humor, me irrita, la música me parece horrenda, estar atrapada entre el calor, el pegote y los borrachos me saca de quicio, y estar ahí adentro me resulta repulsivo y aburrido. Si me preguntan, por más que muchos me calificarían de aburrida o mala onda, prefiero infinitas veces salir a caminar, a un teatro, o museo, al cine o a tomar el té en una linda cafetería.

(Nota: En las fiestas caseras es bastante parecido, pero con menos gente. En este caso, termino desparramada, desinflada sobre un sillón en una esquina, parcialmente dormida, algunos ebrios tambaleándose que me vuelcan alcohol sobre la ropa balbuceando estupideces, y un par de personas que le ponen la mejor onda, pero bailan tristemente en medio del living casi vacío).

lunes, 12 de enero de 2009

Fauna y Flora de los Cines


Llega un momento en el mes de casi toda mujer común y corriente en el que nos volvemos unas quince veces más insoportables. Además de que nos sentimos hinchadas, feas, incómodas, y con dolores molestos en varias zonas del cuerpo, estamos irritables. Todo nos molesta: y cuando digo todo, quiero decir todo. Y siempre tenemos a quién echarle la culpa (y si no es así, inventamos a alguien). Si llegamos tarde, es culpa del retrasado mental del colectivero que iba a dos por hora, si una amiga nos dice que no le gusta el color verde cuando llevamos una remera del mismo color, la acusamos de ser una envidiosa que siempre nos tuvo celos, si perseguimos a algún miembro de la familia con un cuchillo por toda la casa, es porque ellos tuvieron la mala idea de dejarlo a mano, y si nos discuten algo que decimos, en realidad es porque nos odian y buscan cualquier manera para demostrarlo.
Todo esto en una mujer normal. Ahora, imagínenlo en una neurótica como yo que vive quejándose del mundo día a día. Sí, estar indispuesta es indicio del Apocalipsis.
Es así como el otro día me disponía a ir al cine con mi novio, como es la costumbre, a mirar Australia, una película con Nicole Kidman y Hugh Jackman. Salí de casa sintiéndome cuatro veces más grande de lo que soy, como si me estuviera viendo tras un lente convexo, bastante despeinada, quemada por el sol, y el pelo que, entre la luz del verano y el cloro de la pileta, pasaba de ser un brillante pelirrojo a un tono de amarillo-mayonesa-decolorado como una cumbiera resentida que pretende ser rubia (y fracasa soberanamente). Esto para empezar.
Después se sumó el viaje en colectivo, que para colmo tardó mil horas en llegar, parada, con las ventanas cerradas y tapadas con cortinas oscuras que apenas si dejaban espacio para respirar bocanadas de aire caliente. Además, llegamos minutos más tarde de que empezara la película, y los que organizan los horarios son tan inteligentes que no tienen mejor idea que poner una función a (mínimo) tres horas de distancia de la otra, cosa que si alguien más quiere verla debe ajustar sus horarios a los de la película; así que estaba ahí, hinchada, de mal humor, despeinada, con el pelo amarillo-anaranjado, había desperdiciado monedas en colectivo, y las únicas opciones que me quedaban eran quedarnos ahí a hacer absolutamente nada o comer algo, por lo que eran tiempo y plata perdidos, o mirar alguna otra película muy mala que ni siquiera tenía ganas de ver, por lo tanto, tiempo y plata perdidos. Entre desperdiciar mi tiempo y mi dinero y no hacer nada, o al menos entretenerme con alguna película con actores lindos, preferí la segunda.
Entonces, mientras esperábamos que empezara para ver a Reese Witherspoon con sus ojos grandes y hermosos, empecé a apreciar a unos cuántos personajes que son comúnmente vistos en estas salas.



La parejita caliente: En todos los cines hay una de éstas. Al principio parecen una pareja normal, vestidos de manera no demasiado llamativa, a veces con un paquete de pochoclos o una gaseosa grande que comparten, y él pasa su brazo alrededor de sus hombros. Pero en cuanto la sala oscurece, su verdadera personalidad aparece: no tienen plata para el telo, entonces pagan un par de pesos para ver a medias una película, mientras se esconden en el fondo a besarse y aprovechar la oscuridad para meter la mano hasta en zonas del cuerpo que no fueron inventadas.



Los enanos insufribles: Maldigo a las madres que llevan a sus hijos de tres o cuatro años al cine, con la vana ilusión de que van a quedarse callados y mirar la película. Y maldigo mil veces más a las madres que llevan a sus hijos chicos a ver películas subtituladas que muy previsiblemente los van a aburrir a muerte, y van a entretenerse corriendo de un lado al otro, gritando, jugando, o preguntando a los gritos “Mami, ¿y ése quién es?”, o “¡Me hago pis! ¿Cuándo termina?”



Los imberbes prematuros: Generalmente entre doce y dieciséis años, estos púberes que recién experimentan los primeros pelos en el pecho y apenas una sombra que da indicios de parecerse al principio de una barba creen que ya son hombres independientes y van en grupos al cine para ocupar toda una fila de asientos, apoyar los pies con sus zapatillas enormes sobre el respaldo de adelante, mascar todo tipo de cochinadas con la boca abierta como si fueran cerdos en su chiquero, hacer comentarios estúpidos a viva voz como “Nooo, boludo, se parece a Karina”, “Uuuuh se la re comió”, seguido de una carcajada colectiva. También se divierten tirando pochoclos a los demás espectadores que sólo quieren mirar la película sin que estos mocosos con piel de choclo y presuntuoso reconocimiento de su adultez los molesten con sus idioteces de mandril de zoológico.
Dentro de este grupo, también están las chicas que a veces los acompañan, y responden a sus comentarios estúpidos con risitas histéricas o cacareando enojos fingidos.


El pelotudo que no apaga el celular: A pesar de que lo repiten mil veces en las propagandas, siempre hay un deficiente que deja el celular encendido. A ver, pedazo de enfermo, una cosa es que te hayas olvidado; si es así, y ni lo mencionan, vaya y pase, pero si tenés a un bicho gigante en medio de la pantalla diciendo a los gritos que "Por favor apaguen sus celulares", agarrás tu bolso, cartera, bolsillo del pantalón o lo que sea, y lo apagás, o por lo menos lo ponés en silencio.


Los que aplauden cuando termina la función: A estos de verdad que no los entiendo. Están tan cerca de mi capacidad de comprensión como Plutón del Sol. Alguien que me explique, ¿a quién demonios le aplauden? Si los actores no están, el director tampoco, ni siquiera el que proyecta la película. Pero no importa, ahí van, como una manga de mogólicos festejándole patéticamente a una pantalla con nombres que ni siquiera saben leer.





Hay que sumarle que el cine, para las escasas comodidades que tiene, sale caro, y que todos deben ‘destangarse’ al salir porque les quedó el pantalón y la ropa interior atrapados entre las nalgas. Fuera de todo esto, creo que sigue teniendo su magia, aunque también es bueno disfrutar la película en silencio, mirando un DVD en casa tirada en el sillón y tomando un té o una chocolatada caliente.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Cosas Cotidianas: El Abusador



Está de más señalar que todos, sin excepción, conocemos a aquel grotesco género de humanos cuyo pasatiempo es hostigar a mujeres inocentes que caminan por las calles con sus halagos ordinarios y piropos de mala muerte: el Abusador. Hacen uso indiscriminadamente de sus kitsch pretenciosos como un comodín aplicable a cualquier transeúnte que pueda ser clasificado, según sus medidas, dentro de la etiqueta de “hembra”. El Abusador puede venir en cuatro modelos distintos: el Viejo Verde, el Obrero, el Camionero y el Pibe Chorro.



El Viejo Verde: Está convencido de que aún estamos en los años 30, que él es un muchacho joven y apuesto que es capaz de lograr que las mujeres se derritan con sus galanterías. Les dedica palabras aduladoras como “Sos muy bonita”, “Qué hermosos ojos que tenés”, esperando vanamente que la agasajada le sonría tímidamente, ruborizándose, para así sentirse nuevamente frescos y llenos de vida.



El Obrero: Estos son los más comunes. Los encontramos en cualquier zona, cualquier calle, cualquier esquina, siempre atentos, exhibiendo la raya del culo cubierta de vellos negros y espesos debajo de sus jeans de tiro –excesivamente- bajo gastados y rebosados en arena, mugre y cal. Están ahí, agazapados a la espera de una mujer que desfile para sus ojos ambiciosos saliéndose de sus cuencas al mejor estilo de lobo de Red-Hot Riding Hood, ansiosos por chiflar y silbar, babosos, como llamando a sus sabuesos.



El Camionero: Su principal característica, claramente, es la de su mayor posesión: un camión viejo, pintado con polvo gris, y con un motor ruidoso que echa irrespirables nubes de humo negro. Van ataviados con una musculosa blanca minada de manchas de aceite del choripán que comen todos los mediodías enrollándose sobre su enorme barriga; se masturban a diario con calendarios que muestran rubias o morochas de curvas paranormales posando semidesnudas en una gomería, cargando gas en una estación de servicio o con un dedo en la boca, luciendo una camiseta de Argentina, y sueñan con que ellas intentan seducirlos, muertas de la admiración y el embelesamiento frente a su cuerpo fornido y su bestial vehículo. Casi siempre lo manejan con una sola mano, mientras que el otro brazo tiznado de grasa oscura está apoyado, quasi-colgando, de la ventanilla baja. Así es como se asoma el puerco inmundo y transpirado a presionar con ímpetu una bocina que suena como un buque de guerra para llamar la atención de su hembra cual pavo real, dedicándose luego a vociferar vulgarmente elogios sutiles como “¡Mame!”, “¡Bombónnnn!”, “¡Herrmooooosa!”.



El Pibe Chorro: El Pibe Chorro se diferencia en dos. El primer tipo es el adolescente huidizo que pretende elogiar a cualquier fémina que pase a su lado, murmurando un “Eeeehh, mamita”, “Te parto”, “Bebé” o como ya alguna vez me ha sucedido, un grosero “¡Qué tetas, colorada!”, sin levantar la vista, para luego continuar su paso veloz hasta perderse de vista junto con su patota de amigos.
El segundo tipo es del joven entre veinte y treinta años, con el pelo hacia arriba, reluciente de gel, y anteojos negros que viaja en un Fiat Uno tuneado (generalmente rojo). Lleva ambas ventanillas bajas para poder asomarse a gritar sus alabanzas soeces, escuchando a todo volumen canciones de cumbia, reggaeton o autores latinos tales como Ricky Martin, Enrique Iglesias, Cristian Castro o Axel. Hacen luces que dejan ciego a quien las mire, y a continuación se arriman a la vereda para armar (a diferencia de los dos anteriores) frases que consisten en más de dos palabras, pero incluyen el tacto tan bruto característico del Abusador: “Pero qué linda que sos, mamita”, o “Ay, pero qué bombonazo”.



Está comprobado que no importa qué usemos. Da igual si llevamos una micro-mini por debajo de la cola y un strapless que muestre el ombligo, si usamos pantalones sueltos o ajustados, si lucimos un escote generoso o una camisa abotonada hasta abajo del mentón; ellos gritan, miran lo que hay, y si no hay lo imaginan, pero gritan. Porque su deber es gritar, piropear, cubrirnos con su poesía barata y ordinaria, hacernos ruborizar pero de vergüenza ajena, hacernos sentir la repulsión en su forma más pura, que caminemos rogando que la tierra nos trague.
No sé qué pretenden con esos halagos inútiles de bárbaro analfabeto; si imaginan por un momento que vamos a mirarlos, seductoras, sonreírles y agradecerles por su amable consideración, quizá invitarlos a tomar algo a nuestras casas para acostarnos con ellos y sus modales caballerosos, para darnos cuenta que son el Príncipe Azul que siempre estuvimos esperando. O si a lo mejor, simplemente están desesperados y saben que jamás van a acercarse a una mujer más que con esas palabras.

lunes, 8 de diciembre de 2008

es que estás todo el día con la maquinita esa

hola como estas todo bien no me podés ayudar vos que estás todo el día con la maquinita esa??? las canciones esas están grabadas en la máquina? mira el antivirus está revisando toda la información, me parece que es un virus que te chupa la informacion... uy, ¿qué es eso? ¿qué pasó? no sé, ¿qué quiere decir que se abrió una ventana? despacio, despacio que no entiendo. (zumbido, zumbido, zumbido, emoticones horribles) me dijeron que si usas el ares te pueden entrar muchos virus porque es como que la informacion no va solo para vos, pasa por un monton de direcciones tambien entonces te puede llenar la maquina de virus. bueno chau me voy, cierro la maquina.



Algo insoportable son esas personas que no entienden nada de computadoras, pero como “vos sabés de computación porque estás todo el día con la máquina” (sí, no se llama computadora, es La Máquina, y no se apaga, se “cierra”) preguntan cada mínimo detalle y se asustan cada vez que se abre una conversación en el Messenger, se termina de actualizar el antivirus, o salta un pop-up con propagandas del Casino.
Son las mismas personas que tienen nicks larguísimos, rebosantes de emoticones (y no sólo los más sencillos como corazones, sino que también hacen uso de perritos, cartas, flores y cervezas) y con mensajes para todo el mundo, tales como “Pedrito J. muchas gracias por todo!!!! te re quiero amigo!!! jajajajaja lau y moni las quiero mucho!!!! ojala la pasen bien en el viaje las voy a extrañar!!! (L)(L)(L)(L)(K)(K)(F)”.
Muchas veces sustituyen los caracteres con emoticones personalizados, como “jajaja” saltarines en un color fucsia espantoso y brillitos, la letra M es un símbolo de Movistar que gira sobre sí mismo, y el “ok” son dos letras que ocupan la mitad de la pantalla y titilan en flashes de colores infinitos.
Además de estas cosas horripilantes, por cada oración envían tres zumbidos, preguntando preocupados “por que no me contestas???” como si uno no tuviera mejor cosa que hacer que responder a sus imágenes boludas o a sus guiños (Nota: ¿¿A qué imbécil se le pudo haber ocurrido algo tan inútil y molesto como los guiños?? Cuando agarre al hijo de puta que inventó semejante tortura lo cago a palos)
Entre toda la fauna y flora de “la computación”, la raza de Casanovas es infaltable: las hembras exhibiendo fotos sacadas desde arriba para que se le vean las tetas debajo de esa musculosa repugnante con un escote hasta el ombligo, el pelo oxigenado hasta el punto que parece una peluca amarillo huevo, y mails como naty_bebita_linda, o gigy_rubiecita que revelan su identidad de Gato profesional; al escribir, la fuente suele estar en negrita y en un tono de rosa espantoso.
Los hombres, en cambio, muestran fotos de sí mismos en cuero intentando alardear con su cuerpo flacuchento, generalmente con un collar de Boca o River o alguna de esas cochinadas. Se dirigen a las mujeres inquiriendo su estado civil, acosándolas sea cual fuere su respuesta:

• Si estás sola: “Ay, como una chica tan linda como vos está sola! Nos podemos conocer ;)”
• Si estás de novia: “Qué lástima, sos tan linda”

Por supuesto, constantemente utilizan sustantivos como “bb”, “linda”, “bonbon” en un epítome clásico del mal gusto.

La única solución contra esta plaga, es identificarlo al instante. Luego, lo que le sigue es un reflejo instantáneo: “Pelotudo” - bloquear – eliminar.