miércoles, 3 de noviembre de 2010
¿Cómo andamio?
A vos, y a todos los que preguntan "¿Todo viento?", "¿Qué acelga?", "Nada, acá me ando" y que agradecen mediante un nauseabundo "Graciela". Ah, quisiera catapultarlos hacia el éter de un poderoso puntapié en los cuartos traseros.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Acertijo
sábado, 21 de agosto de 2010
Rojo contra la envidia, negro contra la pelotudez
Sin embargo, me pone nerviosísima, furiosa, loca de rabia, colérica que haya algunos megalómanos patéticos que se cuelguen cintitas rojas en el brazo en contra de la envidia. Decime una cosa, ¿QUIÉN CARAJO TE VA A ENVIDIAR A VOS Y A TU VIDA MEDIOCRE DE FRACASADO?
[ Volví, más enojada que nunca. La vida no me sienta bien. ]
martes, 1 de diciembre de 2009
¡Señor, señor!
Todos los días se aprende algo nuevo. Hoy, viajando en el tren, si alguna vez tuve dudas de cómo sonaría, aprendí que el Wiegenlied de Mozart no queda para nada bien con un rallador mugroso de cumbia de fondo.
Cada día me convenzo más de que los auriculares habría que utilizarlos para acogotar al que escucha música en vía pública y no los utiliza.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Es inevitable
- Los hombres que dicen "mi señora"
- La palabra "coche" en lugar de "auto"
- "Pantalón vaquero" en lugar de "jean"
- Los que pronuncian "Shhhhho fui a un yow en el Yeraton" en lugar de "Yo fui a un show en el Sheraton" (léase: la "sh" suena como la "sh" en inglés, un sonido sordo, medio como de sifón. La "y" suena como la J en francés, tiene que vibrar)
- Los que comen absolutamente todo con pan. Cualquier resto miserable en el plato, sea un pedazo de lechuga, un pedacito de pollo, o hasta incluso mayonesa, es útil para trapearlo con un pedazo de pan y engullirlo
- Los hombres con pelo muy largo. Si no sos metalero o tenés cara de nórdico/vikingo, no queda bien: terminás pareciéndote a Daniel Agostini, o a un camionero, o a un repartidor de pizzas. O a Daniel Agostini repartiendo pizzas en un camión. *
- Ese fanatismo ciego de religioso enamorado por Maradona
- Los que dicen que algo es "fino" (ya la palabra "fino" me provoca arcadas)
- La gente que usa escarbadientes (gracias Agus)
* Aquí: Un lindo pelo largo. Y un pelo largo que claramente no da.
Edit:
- Los que le ponen kilos y kilos de mayonesa a absolutamente todo. ¿Qué onda, no tienen papilas gustativas? ¡Por el amor de dios, el choripán y la mayonesa no combinan! (Cortesía de La Amante)
martes, 15 de septiembre de 2009
Oferta
Y yo en la parada del colectivo, riéndome sola como una desquiciada lista para el manicomio. Sí, vos, el que hizo ese anuncio. Cómo se nota que vos también trabajás desde tu casa.
sábado, 4 de julio de 2009
Fiebre del chancho por la noche
Maldito Apocalipsis de gripe porcina que tiene al mundo paralizado, lavándose las manos frenéticamente con alcohol en gel cada treinta y cuatro segundos, envolviéndose las cabezas con una bufanda como musulmanes,y que hace que todo cierre y tengamos que aislarnos como en un refugio de guerra.
Pero, a decir verdad, lo peor de lo peor, es que están haciendo explotar las bandejas de entrada con mails-cadena sobre la gripe A.
martes, 17 de marzo de 2009
Pegame y llamame Marta
Peor todavía si el nombre referente a los atributos del animal está en diminutivo, como "Negrito", "Blanquita", "Manchita".
(Nota: Cuando era chica, le puse a mi ovejera recién nacida el nombre de "Pancha". Pobre.)
Bonus: para frustrarme un poco más, una amiga acaba de mencionar que Susana Giménez es maestra. Al principio creí que era un chiste de muy mal gusto y me reí, pero resulta que es cierto. Si no me creen, véanlo ustedes mismos.
miércoles, 11 de marzo de 2009
No es cuestión de paladar
Está bien, en las vacaciones hace calor, uno está cansado y el mar le abre el apetito a todo el mundo, es entendible que se vendan churros, bolas de fraile, helados a medio derretirse, gaseosas, golosinas vencidas hace quién sabe cuánto tiempo y ensaladas de frutas aguadas, achicharradas y sin sabor. Pero una de las tantas delicias se escapa a mi capacidad de comprensión: el choclo.
No hay nada más antiestético y poco práctico que comprar choclo en la playa. Yo entiendo que quizá sea rico (a mí personalmente no me gusta), pero por favor, yo no me llevo una tira de asado para comer sentada en la arena al lado del mar.
Sigan con los churros, con las facturas, las gaseosas. Si quieren un choclo, vayan a su casa, o a un restaurant. El choclo no se come en la playa.
Bonus: Está confirmado, no hay peor mentira que la de la Crema del Cielo. Crema americana nadando en colorante, intoxicación a su servicio.
sábado, 14 de febrero de 2009
Claustrofobia

Cuando se trata de organizar salidas, siempre surge una complicación cuando el inventario del programa incluye “salir a bailar”. Es probable que influya el que yo sea una ermitaña que no tolera la muchedumbre, ni en boliches, ni en fiestas, ni en las playas sobrecargadas de turistas con anteojos de sol y bronceador.
Ya desde la entrada empiezo a sentir sueño, asco y las ínfimas ganas de entrar que aun quedaban rondando por ahí, solitarias, se van en picada en cuanto el “punchi-punchi” de los remixes de electro, reggaeton o autores latinos me roza los oídos; ya desde la puerta se siente el contraste de la noche fresca y silenciosa, contra un interior apretujado, caliente y muy ruidoso.
Igual eso no es tan terrible: lo terrible viene si, por algún milagro de la vida, logran empujarme hacia adentro del boliche después de estar luchando con uñas y dientes y aferrándome al marco de las puertas para no poner un pie adentro. Ahí es donde empieza la Gran Odisea.
Ahí está uno, entre paredes que lo encierran herméticamente entre una pista rebosante de un sinnúmero de adolescentes y jóvenes sudorosos, con los pelos pegoteados por la transpiración, las remeras mojadas, la falta de espacio que nos obliga a comprimirnos como podamos y deslizarnos entre cuerpos desconocidos que nos aplastan como un sándwich y nos mojan con su sudor, y su pelo mojado, y sus remeras húmedas. Claramente cada uno en su mundo, como si quisieran estar solos, pero rodeados de una multitud desconocida, ya que no se puede entablar conversación ni intercambiar opiniones con el punchi-punchi que revienta tímpanos por doquier como a un sapo. Y ahí, entre puteadas inaudibles que quedan ahogadas debajo del griterío dedicas a algún borracho que salta alegremente propinándole a quien encuentre por su paso pisotones, golpes, empujones y demás, después de un par de intentos fallidos de explotar en alaridos, finalmente alguna amiga entiende tu grito desesperado de: “¿Me acompañás al baño?”, mientras las otras se encargan de cuidar a Josefina, o a Carla, o a Sofía que se puso en pedo y algún pájaro carroñero la quiere acosar.
Atravesando la pista mientras de fondo suena algo como “Pasame la botella, quiero beber en nombre de ella”, o alguna cualquiera de Daddy Yankee, entre la nube de aire irrespirable, el calor, la humedad que transforma hasta el pelo más lacio de propaganda de Pantene en un desparpajo erizado como un puercoespín, los remixes horrendos, las paredes resbalosas cubiertas de condensación, el piso sucio y con aspecto a mugre pegajosa, está el baño. Pero por supuesto que es una estupidez intentar ir al baño de un boliche si una está apurada: repetir tres veces la fila de espera en un hospital requiere muchísimo menos tiempo que el que toma esperar en la puerta del baño. Sí, leyeron bien, en la puerta, porque es imposible entrar con treinta y cuatro adolescentes o jóvenes atrincheradas frente a los espejos empañados retocándose el maquillaje, cacareando como gallinas, contentas de la vida por “el caño que se acaban de comer”, un par de ebrias tambaleándose, o llorando, y algunas otras vomitando dentro de los cubículos (con las puertas abiertas, claro).
Finalmente nos resignamos a que nuestras necesidades básicas tendrán que esperar, y luego de revisar nuestra imagen en el espejo para que la travesía hasta el baño no haya sido en vano, arrepentirnos de hacerlo y ver nuestro estado, comenzamos a nadar una vez más entre ese caldero en ebullición, estrujándonos como podamos para lograr pasar, aunque finalmente recibimos algún pisotón bastante fuerte, un grito desbocado en el oído (que ya bastante maltrecho está), y, por qué no, un desagradable salpicón con olor a pis de algún trago horrible con nombres ridículos como “Semen de Hulk” o “Piel de Iguana”.
Entonces, cuando creemos que nada puede andar peor, nos sentamos o nos paramos en un rincón, en la barra, en donde sea, o quizá los más optimistas intentan bailar (cosa que me desagrada muchísimo. Yo figuro dentro de las que se quedan sentadas esperando a que pase el tiempo), y comienzan a acercarse los primeros buitres que vienen en varios modelos. Está el típico alegrón elocuente que se acerca, hace chistes absurdos con toda la confianza del mundo como si fueran mejores amigos de toda la vida, y así, muy sutilmente te pregunta por qué no bailás, que vayas a divertirte con él (pero por favor, prefiero limpiar todo el piso mugroso con la lengua antes que desaparecer a bailar con un desconocido con esa cara de perejil), que es el mismo molesto que se divierte presionándote para que bailes en una fiesta de quince o un casamiento, y finalmente se aleja después de que te desgarraste la garganta intentando explicarte a los gritos que no tenés ningún tipo de interés en bailar con él, que no, sus chistes no son graciosos, y que ni loca le contás la historia de por qué estás ahí si tanto te aburre; el enano granoso con gorra a cuarenta y cinco grados que se te acerca a dos milímetros de la cara diciéndote “¿Querés venir a bailar?”, y cuando lo rechazás sutilmente, insiste retrucando: “¿Qué, tan feo soy?”; y otros un poco más desubicados que directamente se aferran de tu mano y pretenden arrastrarte a través de la pista como un cavernícola que remolca a su mujer de los pelos hasta la cueva, a pesar de tu resistencia y tus intentos exasperados por soltarte de su mano aprisionando tu muñeca.
Ir a bailar me da asco. Me pone de mal humor, me irrita, la música me parece horrenda, estar atrapada entre el calor, el pegote y los borrachos me saca de quicio, y estar ahí adentro me resulta repulsivo y aburrido. Si me preguntan, por más que muchos me calificarían de aburrida o mala onda, prefiero infinitas veces salir a caminar, a un teatro, o museo, al cine o a tomar el té en una linda cafetería.
(Nota: En las fiestas caseras es bastante parecido, pero con menos gente. En este caso, termino desparramada, desinflada sobre un sillón en una esquina, parcialmente dormida, algunos ebrios tambaleándose que me vuelcan alcohol sobre la ropa balbuceando estupideces, y un par de personas que le ponen la mejor onda, pero bailan tristemente en medio del living casi vacío).
sábado, 17 de enero de 2009
¡Basta!
Incluso peor que el hecho de que los envíen a la madrugada cuando uno trata de dormir, es que si lo siguen haciendo es, probablemente, porque debe haber unos cuantos tarados a pilas con tiempo y crédito de sobra para derrochar que le prestan atención a semejante disparate, ilusionados con que de verdad van a ganar un mp4, o que creen que los dos mensajes 'gratis' son una oportunidad única en la vida que no pueden dejar de aprovechar.
Es inconcebible que con tantos chicos muriéndose de hambre en el África, o familias que subsisten a base de juntar cartones mojados bajo la lluvia, haya un manojo de lagartos sin vida social que malgastan su dinero en promociones estúpidas.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Mucho gusto, soy el Grinch del Siglo XXI

Odio las fiestas. Odio la Navidad. Me aburre, toda la alegría prefabricada (igual que las tarjetas con colores y frases) me parece estúpida, el arbolito de plástico berreta lleno de angelitos, luces intermitentes, estrellas y bolas de colores es de mal gusto. ¿Por qué, díganme por qué estamos obligados a pasar un día en familia, si no queremos?
No, ¿sabés qué? No voy a pasar el día en familia. Porque no me gusta. Porque no quiero estar sentada en una mesa, derramándome de tedio con las interesantísimas conversaciones de viejos seniles y aburridos que no tienen nada que hacer en su vida, pegándome en la cara una sonrisa falsa para que no me acusen de "mala onda". No me interesa saber si te gusta la Bomba Tucumana, si los centros de mesa hechos con un ramillete de fibra óptica encajados en un florero te parecen originales y divertidísimos, si creés que tu hijo es dueño de todo un talento innato porque sabe hacer gracias de chimpancé adiestrado. No es un genio, vos sos un boludo, que es distinto. Tus historias me aburren, tu música me da náuseas, si tu hijo-chimpancé me vuelve a mojar el libro de Cortázar con esa pistolita de agua, le voy a remojar los testículos en una cacerola con agua hirviendo.
Tampoco tengo ganas de quedarme como una imbécil embobada mirando el cielo ofuscado de humo y chispitas de colores que estallan. A vos te deslumbran los colores como un hombre de las cavernas mirando el fuego, a mí no.
No me interesa brindar, no me gusta la sidra y no tengo ganas de levantar una copa llena de loquesea en el aire y chocarla con la tuya, porque no tiene sentido.
Para vos significa mucho estar todos juntos el día de hoy. Pero entendelo, para mí no. Para mí, hoy es un día como cualquier otro. Yo no creo en Dios, ni en la Virgen, ni en el Espíritu Santo, ni en Jebús. ¿Querés pasar un día en familia? ¿Realmente extrañás a tus amigos, conocidos, parientes y querés que almorcemos todos juntos y conversemos alegremente? Hacelo otro día. ¿Por qué hoy? Y más importante, ¿por qué me obligás a someterme a tus rituales sin sentido? Para mí la Navidad no significa nada, no nace nadie, no nada, no quiero pasar un día con gente con quien no quiero estar sólo porque creen que en este día se hace eso.
No quiero. ¿Y sabés qué? No lo voy a hacer. A vos te importa. A mí no.
sábado, 6 de diciembre de 2008
Torre de Babel
Desde que tengo memoria que soy dueña de este carácter: mandona, exigente, y con una lengua espontánea y mordaz capaz de asesinar en un promedio de o.3 segundos.
Recuerdo, por ejemplo, a la edad de ocho años cómo mi prima y yo jugábamos a disfrazarnos, paseándonos por todo el living con la ropa de mi bisabuela, exhibiendo chales, vestidos de lentejuelas (ese amarillo que era mi favorito porque se parecía al de Anastasia), guantes de encaje y sombreros con piel sintética o pequeños y tipo Cloche, bien al estilo Charleston. Después nos sentábamos al lado del piano de cola con un micrófono a grabar canciones y documentales; por supuesto, el micrófono no salía de mis manos y quien osara utilizarlo debía pedirme permiso (prácticamente igual a mi relación actual con la computadora). Y mi prima, cinco años y medio menor que yo y queriendo participar de mi noticiero, me pedía el micrófono para balbucear unas palabras, a lo que yo respondía como la-más-hija-de-puta: "Contá algo más interesante", "Eso ya lo dijiste tres veces", "Andá para allá, traeme esto".
Incluso unos cuantos años antes, siendo la primera hija, nieta y sobrina de una familia grande que vivía (casi podría decirse) toda junta, fui víctima de besos excesivos, golosinas a cualquier hora, los peores malcríos e indudablemente, las bromas y gastadas de todos.
'¿Cómo es ese color? GRIN, ¿no?', preguntaba uno de los primos de mi mamá exagerando un acento inglés muy precario.
'Greeeeen', lo corregía yo con apenas tres años de edad, impecable, a lo que él volvía a decirlo con una pronunciación muy berreta.
Finalmente, frustrada y fuera de mis casillas resolví el asunto; lo miré y le dije: "Si no sabés inglés, no lo hables".
Sí, el idioma es mi pasión. Se me hace agua la boca y se me empañan los ojos cuando leo una frase profunda, ingeniosa. O simplemente una verdad sencilla y muy gráfica. El lenguaje bien aplicado es algo hermoso, es arte, es magia. Soy de las que les gusta subrayar libros, o plantearse el efecto de las palabras.
Y así como el lenguaje bien usado es una maravilla, no hay nada más irritante que las deformaciones. Aborrezco el lenguaje mal usado tanto como amo los artículos de librería, los cuadernos nuevos y las lapiceras de colores.
No hablo de la gente que deglute eses en un festín de letras; dentro de todo eso es perdonable, teniendo en cuenta las cuestiones regionales y sociales. No, hablo de algo mucho peor, de seres que emiten horrores gramaticales, semánticos, ortográficos y de todo tipo imaginable. 'Siéntensen, cállensen'.
NO. Es un poco de lógica, deriva del "que-se-sienten". Se-sienten, siénten-se, no es tan complicado.
Luego los que devoran glotonamente letras imperdonables, desfigurando palabras y pronunciando 'felicidá, coletivo, dotor, setiembre' (todavía no entiendo cómo carajo 'setiembre' está aceptado, es un dolor de oídos).
Tampoco tolero los desastres ortográficos como ocacion, ilucion, obsecion, tube que, navo, etc. No es pedirle a un chico de primaria que deletree algo como "concesión" o "estrambótico". ¡Son palabras comunes y corrientes!
Sin embargo, los peores monstruos, los más irritantes, los que son capaces de provocarme una serie de tics nerviosos, son los que faltan al lenguaje diario más básico.
'Vos tuvistes que decirle al chico ese... ¿Pero le dijistes? Osea, vistes que...'
Creo que si tuviese que soportar una conversación entera con un ente de esta naturaleza que anda escupiendo eses entrometidas cada dos palabras, sencillamente no podría. No lo tolero. Terminaría encerrada en el Borda o acribillando al emisor (hasta quizá ambas).
He aquí otra regla simple que muchos son incapaces de recordar, como si en lugar de una regla tuvieran que memorizar una enciclopedia entera en alemán, o todos los verbos y conjugaciones del francés: los CONDICIONALES.
Parece imposible que, siendo frases que utilizamos a diario, tantos alcornoques no puedan recordar una estructura tan simple como los condicionales.
Pero créase o no, estos criminales repiten constantemente frases como 'Si yo tendría plata, compraría una casa', 'Si podría lo haría', 'Si cruzaría la calle, me pisaría un auto'. No sólo es una regla común para todos, sino que queda feo.
FEO feo FEO FEO feo
Horrible, espeluznante, es contaminación auditiva.
El idioma está inventado por una razón. Es un medio de comunicación, es necesario, es una convención. ¡Yo no puedo ir y agregar o sacar letras donde se me cante! Imaginn qu, por jmplon, d pronton dcidon sacar una ltra y agrgar una n dspus d las palabras qu trminan n 'o'; o si a algún matemático que escribe un libro se le ocurriera llamar a Pi (π) con otro nombre, o cambiar en un gráfico el lugar de la variable dependiente y la independiente. No se puede, si hay una convención es por algo, es para lograr entendernos.
Lo otro es exactamente igual. Usar mal los condicionales, decir 'vistes, dijistes, pudistes, quisistes', es exactamente lo mismo. ¿O saben qué? Incluso peor. Porque es repulsivo para el oído humano; el hablar mal debería ser penado por ley.
Ahora, repito mi frase legendaria de hace tantos años. La solución es fácil.
"Si no sabés hablar, ¡no hables!"