domingo, 15 de febrero de 2009

Lo importante es que hablen de ti, aunque sea mal - Salvador Dalí

Yo creo que a algunas personas les gusta ponerse en pedo por la mera satisfacción de armar un drama de telenovela y poder contarlo después, finalizándolo con “Soy un/a idiota, ahora no sé qué voy a hacer. Nunca más tomo una gota de alcohol”.
Por supuesto, a las pocas semanas vienen con la misma historia de que “se pasaron un poquito” y que “estaban conscientes, pero no sabían bien por qué hacían esas cosas”. Y otra vez el lío porque se mandaron la misma cagada (o una muy parecida) y hay que escucharlos quejándose de ¡oh!, lo desgraciados que son, qué boludos que hicieron eso. Luego se divierten pidiendo consejos y relatándole a todo aquel que esté dispuesto a escuchar sus lloriqueos que a partir de ahora su mejor amiga le cortó el rostro y que la extraña, que Juan no la va a llamar más, o que Federico está re caliente, y que no sabe qué hacer. Qué triste, pobrecitos.
Mentira, si les encanta el escándalo, sobre todo si son ellos los protagonistas de esa tragedia de novelucha de Cris Morena.

Personaje paralelo: también está el cobarde que se come bagres y después se esconde como un avestruz debajo de la excusa de que “estaba en pedo y no sabía lo que hacía”.

sábado, 14 de febrero de 2009

Claustrofobia



Cuando se trata de organizar salidas, siempre surge una complicación cuando el inventario del programa incluye “salir a bailar”. Es probable que influya el que yo sea una ermitaña que no tolera la muchedumbre, ni en boliches, ni en fiestas, ni en las playas sobrecargadas de turistas con anteojos de sol y bronceador.
Ya desde la entrada empiezo a sentir sueño, asco y las ínfimas ganas de entrar que aun quedaban rondando por ahí, solitarias, se van en picada en cuanto el “punchi-punchi” de los remixes de electro, reggaeton o autores latinos me roza los oídos; ya desde la puerta se siente el contraste de la noche fresca y silenciosa, contra un interior apretujado, caliente y muy ruidoso.
Igual eso no es tan terrible: lo terrible viene si, por algún milagro de la vida, logran empujarme hacia adentro del boliche después de estar luchando con uñas y dientes y aferrándome al marco de las puertas para no poner un pie adentro. Ahí es donde empieza la Gran Odisea.
Ahí está uno, entre paredes que lo encierran herméticamente entre una pista rebosante de un sinnúmero de adolescentes y jóvenes sudorosos, con los pelos pegoteados por la transpiración, las remeras mojadas, la falta de espacio que nos obliga a comprimirnos como podamos y deslizarnos entre cuerpos desconocidos que nos aplastan como un sándwich y nos mojan con su sudor, y su pelo mojado, y sus remeras húmedas. Claramente cada uno en su mundo, como si quisieran estar solos, pero rodeados de una multitud desconocida, ya que no se puede entablar conversación ni intercambiar opiniones con el punchi-punchi que revienta tímpanos por doquier como a un sapo. Y ahí, entre puteadas inaudibles que quedan ahogadas debajo del griterío dedicas a algún borracho que salta alegremente propinándole a quien encuentre por su paso pisotones, golpes, empujones y demás, después de un par de intentos fallidos de explotar en alaridos, finalmente alguna amiga entiende tu grito desesperado de: “¿Me acompañás al baño?”, mientras las otras se encargan de cuidar a Josefina, o a Carla, o a Sofía que se puso en pedo y algún pájaro carroñero la quiere acosar.
Atravesando la pista mientras de fondo suena algo como “Pasame la botella, quiero beber en nombre de ella”, o alguna cualquiera de Daddy Yankee, entre la nube de aire irrespirable, el calor, la humedad que transforma hasta el pelo más lacio de propaganda de Pantene en un desparpajo erizado como un puercoespín, los remixes horrendos, las paredes resbalosas cubiertas de condensación, el piso sucio y con aspecto a mugre pegajosa, está el baño. Pero por supuesto que es una estupidez intentar ir al baño de un boliche si una está apurada: repetir tres veces la fila de espera en un hospital requiere muchísimo menos tiempo que el que toma esperar en la puerta del baño. Sí, leyeron bien, en la puerta, porque es imposible entrar con treinta y cuatro adolescentes o jóvenes atrincheradas frente a los espejos empañados retocándose el maquillaje, cacareando como gallinas, contentas de la vida por “el caño que se acaban de comer”, un par de ebrias tambaleándose, o llorando, y algunas otras vomitando dentro de los cubículos (con las puertas abiertas, claro).
Finalmente nos resignamos a que nuestras necesidades básicas tendrán que esperar, y luego de revisar nuestra imagen en el espejo para que la travesía hasta el baño no haya sido en vano, arrepentirnos de hacerlo y ver nuestro estado, comenzamos a nadar una vez más entre ese caldero en ebullición, estrujándonos como podamos para lograr pasar, aunque finalmente recibimos algún pisotón bastante fuerte, un grito desbocado en el oído (que ya bastante maltrecho está), y, por qué no, un desagradable salpicón con olor a pis de algún trago horrible con nombres ridículos como “Semen de Hulk” o “Piel de Iguana”.
Entonces, cuando creemos que nada puede andar peor, nos sentamos o nos paramos en un rincón, en la barra, en donde sea, o quizá los más optimistas intentan bailar (cosa que me desagrada muchísimo. Yo figuro dentro de las que se quedan sentadas esperando a que pase el tiempo), y comienzan a acercarse los primeros buitres que vienen en varios modelos. Está el típico alegrón elocuente que se acerca, hace chistes absurdos con toda la confianza del mundo como si fueran mejores amigos de toda la vida, y así, muy sutilmente te pregunta por qué no bailás, que vayas a divertirte con él (pero por favor, prefiero limpiar todo el piso mugroso con la lengua antes que desaparecer a bailar con un desconocido con esa cara de perejil), que es el mismo molesto que se divierte presionándote para que bailes en una fiesta de quince o un casamiento, y finalmente se aleja después de que te desgarraste la garganta intentando explicarte a los gritos que no tenés ningún tipo de interés en bailar con él, que no, sus chistes no son graciosos, y que ni loca le contás la historia de por qué estás ahí si tanto te aburre; el enano granoso con gorra a cuarenta y cinco grados que se te acerca a dos milímetros de la cara diciéndote “¿Querés venir a bailar?”, y cuando lo rechazás sutilmente, insiste retrucando: “¿Qué, tan feo soy?”; y otros un poco más desubicados que directamente se aferran de tu mano y pretenden arrastrarte a través de la pista como un cavernícola que remolca a su mujer de los pelos hasta la cueva, a pesar de tu resistencia y tus intentos exasperados por soltarte de su mano aprisionando tu muñeca.
Ir a bailar me da asco. Me pone de mal humor, me irrita, la música me parece horrenda, estar atrapada entre el calor, el pegote y los borrachos me saca de quicio, y estar ahí adentro me resulta repulsivo y aburrido. Si me preguntan, por más que muchos me calificarían de aburrida o mala onda, prefiero infinitas veces salir a caminar, a un teatro, o museo, al cine o a tomar el té en una linda cafetería.

(Nota: En las fiestas caseras es bastante parecido, pero con menos gente. En este caso, termino desparramada, desinflada sobre un sillón en una esquina, parcialmente dormida, algunos ebrios tambaleándose que me vuelcan alcohol sobre la ropa balbuceando estupideces, y un par de personas que le ponen la mejor onda, pero bailan tristemente en medio del living casi vacío).

jueves, 12 de febrero de 2009

Quien esté libre de pecado...

¿Yo estoy muy irritable, o que alguien ponga en la descripción de su blog "Tengo una vision de la vida y la sociedad un tanto especial" es un poco ególatra y petulante?



(Take it easy, alguien que me consiga pastillas calmantes antes de que intente destripar a alguien con los dientes en medio de un ataque de neurosis.)

miércoles, 11 de febrero de 2009

Dime qué escuchas y te diré quién eres

Entre todas las preguntas inquisidoras como “¿De dónde sos? ¿Cuántos años tenés? ¿Estudiás algo? ¿Te gustan los hamsters?”, creo que la única que no puedo soportar es “¿Qué música te gusta?”.

Se me hace imposible responder eso. Me gusta la música. Escucho, como quien dice “un poco de todo”. Puedo escuchar desde un rock de Elvis, hasta música árabe, jazz, metal, algo de grunge o música clásica. Intentar resumir toda la música que me gusta sería tan inútil como pretender escribir una autobiografía desde el momento en que nací, incluyendo pensamientos, reflexiones y teorías freudianas en tres líneas, o filmar una película de una hora y media con toda la historia de la Humanidad. Imposible.

Y ni siquiera responder “un poco de todo” resuelve la pregunta. Porque entre los que responden “un poco de todo”, están los que se refieren a la cumbia y el reggaeton, los que escuchan música de fiestadequince, los que escuchan la radio sin prestar mucha atención a nada en particular. Además que sería hipócrita afirmar “un poco de todo”, cuando debe haber un millón de géneros de música que no conozco, que no escucho.

¿Cómo responder en pocas palabras que me gustan algunas canciones de Calamaro, y muchas otras de Billie Holiday o Regina Spektor, que grabo un CD con canciones de Disney o de los Sex Pistols o Frank Sinatra, de música country y de canciones de los ochenta, Yann Tiersen y Courtney Love, que cuando estoy en casa tarareo Sehnsucht Nach Dem Frühling de Mozart o una melodía de los Beatles o de El Otro Yo?

Las personas somos complejas, las opciones son infinitas, y variamos, podemos ir de un extremo al otro. No es necesario elegir entre blanco o negro, entre dulce, salado o agrio. Y es imposible conocer a otra persona, a sus gustos, sus aspiraciones por medio de una pregunta. Para saber esas cosas, se necesitan horas, días, meses de charla. Hasta años, y a veces ni siquiera eso es suficiente para conocer a alguien del todo, siempre nos puede sorprender con un poquito más.

Yo elijo no elegir una sola cosa. Yo elijo deleitarme con un Waffle con dulce de leche o una ensalada de frutas, un pollo al champignon con papas noisette o una ensalada, un vestido a lunares de los años 50 o un jean roto y una remera pintada por mí misma, estar perdidamente enamorada de Julio Cortázar y leer a Caroline Brönte, que me gusten la ternura y la pasión, lo claro y lo oscuro, que me guste lo empalagoso pero pedir siempre helado de limón, y odiar las aceitunas y la polenta. Y que me guste toda la música del mundo, hasta los géneros más opuestos. Face it, preguntar esas cosas es inútil.


miércoles, 28 de enero de 2009

La Guerra de los Cien Años


Parece que sufriera de bipolaridad grave. No puedo evitarlo, no puedo encontrar el punto medio. Es como si tuviera dos personalidades totalmente opuestas, una suerte de Jim Carrey en Irene, Yo, y mi otro Yo, de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que se disputan el dominio dentro mío, plenamente conscientes de la existencia del otro. Es así como paso de ser una Madre Teresa de Calcuta, una hippie budista vegetariana, a transformarme en una bestia feroz, sedienta de sangre, con un incontrolable impulso por desgarrar trozos de carne humana. Figurativamente hablando, claro, pero más o menos.
El problema no es que tengo períodos de uno, y períodos de otro, sino que ambos se dejan entrever al mismo tiempo. Entonces mientras soporto en silencio las molestias que me provoca la compañía de ciertos engendros por el temor de herir, dentro mío se desata una batalla épica entre mis dos antitéticas personalidades: la compasiva, que encuentra excusas para soportar esa tortura de palabras que me apabulla, y la sanguinaria, que me incita a atacar, quemar, destruir, devastar. Cuando una de ellas toma el poder, la otra lucha por derrocar a la nueva Gobernante; intento sujetarlas bajo mi control, pero es inútil. Allá van, una y otra vez, empeñadas en discutir.
Es así como, en lugar de sugerir sutilmente que los temas de conversación de cierta persona me resultan aburridos, lo guardo dentro mío y voy inflándome hasta que estallo como una piñata, y la acuso de babosa gris sin vida social, o le propongo fríamente que se cuelgue de una soga. O en lugar de pedir por favor que cierre la boca para masticar el chicle, de pronto sin previo aviso vocifero: “¡Volvés a hacer ese ruido una vez más y te cierro la boca con una engrapadora!”. Digo cosas que quizá no quiero decir, y luego, ineludiblemente, después de la tormenta viene la calma; y nuevamente mi Personalidad Compasiva me regaña por el mal trato y la crueldad.
No lo puedo controlar, es el karma que me tocó padecer. Lo intenté una y mil veces, procuré hallar ese equilibrio en el que puedo manifestar mi disgusto sin resultar desfachatada o desdeñosa. Pero me resulta imposible. En cuanto algo me molesta, allá va otra vez, un bandolero alcohólico del Lejano Oeste que me incita a pelear, y el monje budista que impone paz y compasión, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Charlie Baileygates y Hank Evans, saliendo a la luz uno y otro, intermitentemente. Aguantar, explotar, y desinflarme con pena, ése es el patrón interminable de mi vida.

sábado, 17 de enero de 2009

¡Basta!

Voy a morir de una embolia cerebral de tantos mensajes de Movistar a las cuatro de la madrugada, saturándome el celular con promociones inútiles que no me interesan como "Si hoy recargás una tarjeta de $250 pesos te regalamos dos mensajes gratis" o "Participá del concurso Ipod-star, mandá la mayor cantidad de SMS posibles y podés ganar un mp4!".
Incluso peor que el hecho de que los envíen a la madrugada cuando uno trata de dormir, es que si lo siguen haciendo es, probablemente, porque debe haber unos cuantos tarados a pilas con tiempo y crédito de sobra para derrochar que le prestan atención a semejante disparate, ilusionados con que de verdad van a ganar un mp4, o que creen que los dos mensajes 'gratis' son una oportunidad única en la vida que no pueden dejar de aprovechar.
Es inconcebible que con tantos chicos muriéndose de hambre en el África, o familias que subsisten a base de juntar cartones mojados bajo la lluvia, haya un manojo de lagartos sin vida social que malgastan su dinero en promociones estúpidas.

lunes, 12 de enero de 2009

Fauna y Flora de los Cines


Llega un momento en el mes de casi toda mujer común y corriente en el que nos volvemos unas quince veces más insoportables. Además de que nos sentimos hinchadas, feas, incómodas, y con dolores molestos en varias zonas del cuerpo, estamos irritables. Todo nos molesta: y cuando digo todo, quiero decir todo. Y siempre tenemos a quién echarle la culpa (y si no es así, inventamos a alguien). Si llegamos tarde, es culpa del retrasado mental del colectivero que iba a dos por hora, si una amiga nos dice que no le gusta el color verde cuando llevamos una remera del mismo color, la acusamos de ser una envidiosa que siempre nos tuvo celos, si perseguimos a algún miembro de la familia con un cuchillo por toda la casa, es porque ellos tuvieron la mala idea de dejarlo a mano, y si nos discuten algo que decimos, en realidad es porque nos odian y buscan cualquier manera para demostrarlo.
Todo esto en una mujer normal. Ahora, imagínenlo en una neurótica como yo que vive quejándose del mundo día a día. Sí, estar indispuesta es indicio del Apocalipsis.
Es así como el otro día me disponía a ir al cine con mi novio, como es la costumbre, a mirar Australia, una película con Nicole Kidman y Hugh Jackman. Salí de casa sintiéndome cuatro veces más grande de lo que soy, como si me estuviera viendo tras un lente convexo, bastante despeinada, quemada por el sol, y el pelo que, entre la luz del verano y el cloro de la pileta, pasaba de ser un brillante pelirrojo a un tono de amarillo-mayonesa-decolorado como una cumbiera resentida que pretende ser rubia (y fracasa soberanamente). Esto para empezar.
Después se sumó el viaje en colectivo, que para colmo tardó mil horas en llegar, parada, con las ventanas cerradas y tapadas con cortinas oscuras que apenas si dejaban espacio para respirar bocanadas de aire caliente. Además, llegamos minutos más tarde de que empezara la película, y los que organizan los horarios son tan inteligentes que no tienen mejor idea que poner una función a (mínimo) tres horas de distancia de la otra, cosa que si alguien más quiere verla debe ajustar sus horarios a los de la película; así que estaba ahí, hinchada, de mal humor, despeinada, con el pelo amarillo-anaranjado, había desperdiciado monedas en colectivo, y las únicas opciones que me quedaban eran quedarnos ahí a hacer absolutamente nada o comer algo, por lo que eran tiempo y plata perdidos, o mirar alguna otra película muy mala que ni siquiera tenía ganas de ver, por lo tanto, tiempo y plata perdidos. Entre desperdiciar mi tiempo y mi dinero y no hacer nada, o al menos entretenerme con alguna película con actores lindos, preferí la segunda.
Entonces, mientras esperábamos que empezara para ver a Reese Witherspoon con sus ojos grandes y hermosos, empecé a apreciar a unos cuántos personajes que son comúnmente vistos en estas salas.



La parejita caliente: En todos los cines hay una de éstas. Al principio parecen una pareja normal, vestidos de manera no demasiado llamativa, a veces con un paquete de pochoclos o una gaseosa grande que comparten, y él pasa su brazo alrededor de sus hombros. Pero en cuanto la sala oscurece, su verdadera personalidad aparece: no tienen plata para el telo, entonces pagan un par de pesos para ver a medias una película, mientras se esconden en el fondo a besarse y aprovechar la oscuridad para meter la mano hasta en zonas del cuerpo que no fueron inventadas.



Los enanos insufribles: Maldigo a las madres que llevan a sus hijos de tres o cuatro años al cine, con la vana ilusión de que van a quedarse callados y mirar la película. Y maldigo mil veces más a las madres que llevan a sus hijos chicos a ver películas subtituladas que muy previsiblemente los van a aburrir a muerte, y van a entretenerse corriendo de un lado al otro, gritando, jugando, o preguntando a los gritos “Mami, ¿y ése quién es?”, o “¡Me hago pis! ¿Cuándo termina?”



Los imberbes prematuros: Generalmente entre doce y dieciséis años, estos púberes que recién experimentan los primeros pelos en el pecho y apenas una sombra que da indicios de parecerse al principio de una barba creen que ya son hombres independientes y van en grupos al cine para ocupar toda una fila de asientos, apoyar los pies con sus zapatillas enormes sobre el respaldo de adelante, mascar todo tipo de cochinadas con la boca abierta como si fueran cerdos en su chiquero, hacer comentarios estúpidos a viva voz como “Nooo, boludo, se parece a Karina”, “Uuuuh se la re comió”, seguido de una carcajada colectiva. También se divierten tirando pochoclos a los demás espectadores que sólo quieren mirar la película sin que estos mocosos con piel de choclo y presuntuoso reconocimiento de su adultez los molesten con sus idioteces de mandril de zoológico.
Dentro de este grupo, también están las chicas que a veces los acompañan, y responden a sus comentarios estúpidos con risitas histéricas o cacareando enojos fingidos.


El pelotudo que no apaga el celular: A pesar de que lo repiten mil veces en las propagandas, siempre hay un deficiente que deja el celular encendido. A ver, pedazo de enfermo, una cosa es que te hayas olvidado; si es así, y ni lo mencionan, vaya y pase, pero si tenés a un bicho gigante en medio de la pantalla diciendo a los gritos que "Por favor apaguen sus celulares", agarrás tu bolso, cartera, bolsillo del pantalón o lo que sea, y lo apagás, o por lo menos lo ponés en silencio.


Los que aplauden cuando termina la función: A estos de verdad que no los entiendo. Están tan cerca de mi capacidad de comprensión como Plutón del Sol. Alguien que me explique, ¿a quién demonios le aplauden? Si los actores no están, el director tampoco, ni siquiera el que proyecta la película. Pero no importa, ahí van, como una manga de mogólicos festejándole patéticamente a una pantalla con nombres que ni siquiera saben leer.





Hay que sumarle que el cine, para las escasas comodidades que tiene, sale caro, y que todos deben ‘destangarse’ al salir porque les quedó el pantalón y la ropa interior atrapados entre las nalgas. Fuera de todo esto, creo que sigue teniendo su magia, aunque también es bueno disfrutar la película en silencio, mirando un DVD en casa tirada en el sillón y tomando un té o una chocolatada caliente.