viernes, 12 de diciembre de 2008

El décimo círculo

Estoy más que segura que si Dante Alighieri hubiera vivido en esta época, le hubiese agregado a sus nueve infiernos un círculo más en donde las peores basuras de la Humanidad, seres despreciables como Adolf Hitler, Ricardo Arjona y Ronald McDonald encuentran su lugar para ser torturados diariamente; este infierno, el peor, el más sofocante, insoportable y desquiciante en donde hasta el más bravo se retorcería agonizando, es al cual bajé esta misma tarde. No es un local de ropa tamaño extra-small, tampoco es un concierto de tres días consecutivos de Ricardo Montaner y Cristian Castro aullando tonadas empalagosas y de mal gusto, ni una escuela primaria. Es algo mucho peor.
Luego de caminar unas cuantas cuadras bajo los nefastos rayos abrasadores del sol que me calcinaban la piel, llegué: un edificio imponente tapizado de ventanas como miles de ojos relucientes observándome se erguía frente a mis ojos. Sobre una de las níveas paredes se leía: "Clínica La Florida". Respiré hondo, y acaparando todo mi coraje me aventuré dentro de sus puertas mecánicas, que detectaban mi paso, como si todo estuviera minuciosamente controlado.
Dentro de aquella sala atestada de olor a lavandina y a desinfectante, un par de hileras de sillas forradas en tela roja sostenían a una manada de vejestorios con la mirada estúpidamente perdida en un cartel con luces rojas y verdes que marcaba el número en espera.
Sin titubear, me dirigí directamente como un proyectil al mostrador de la recepción.
'Disculpá, ¿dónde está dermatología?', pregunté. 'Tenía turno a las tres de la tarde con el Dr. López.'
Una mujer rechoncha, morocha y con un uniforme espantoso que parecía de policía me miró y respondió:
'Tenés que sacar un número, de los verdes. Después hablás con una de las chicas de allá.'
Bien. Algo incómoda, marcando un pulso de tempo Prestissimo con el pie como si estuviera siendo víctima de una corriente eléctrica, retorciéndome nerviosamente las manos, arrugando y rasgando el número veintitrés que se abollaba entre mis dedos y mirando compulsivamente la hora en el celular, me hundí sobre una de esas sillas de tela calurosa que picaba sobre la piel a esperar.

A mi alrededor las viejas con las manos arrugadas y llenas de manchas cotorreaban como gallinas alborotadas, hablando del clima, de la jubilación, del perro del vecino que no para de ladrar y de la nieta que estaba entrando en la facultad. Sus bocas y manos eran dinamismo puro – contrastando con la lentitud estática de las imbéciles que atendían.

Quince minutos. Número diecinueve, todavía. Me empiezo a poner un poco más nerviosa, quiero levantarme y decirle a la gorda de la recepción que llego tarde y que quiero que me atiendan. Tin, tuuuun. Un veinte se congela. Veintiuno, un poco más rápido, se me empieza a ir el mal humor. Veinte de nuevo. ¿¿Queeeeee?? No, veintiuno otra vez.

Perfecto, está demostrado que las secretarias, cajeras y demás no sirven para hacer su trabajo. Ayer ya me pasó que la vendedora de Havanna intentaba explicarle vanamente a un idiota la diferencia entre una caja de alfajores de una docena y una de media docena, para después, con toda la tranquilidad del mundo como si no hubiera una cola de personas esperando a ser atendidas, revisar el billete de cien pesos y tratar de calcular el vuelto que tendría que devolverle si le cobraba $68,80. HOY, no saben contar hasta más de veinte.

Finalmente, llegó: el glorioso veintitrés anunciado por la campana. Salté de mi asiento para caer instantáneamente frente al mostrador, donde una chica joven y con aspecto de adolescente que mastica chicle con la boca abierta me pide el número.

‘Sí, yo tenía un turno con el Dr. López a las tres de la tarde...’

‘¿El Dr. López? Dermatología, ¿no? Acá no es, él atiende en la casita, el edificio de al lado no, el siguiente.’

Genial. Treinta minutos esperando al reverendo pedo. Amago una sonrisa de plástico, y salgo hecha una furia, como un torbellino por la puerta, y entro a La Casita, donde, se supone, está el dermatólogo.

La Casita es una pocilga de dos por dos con un pasillito, en donde atiende una secretaria medio putona que probablemente se cree que es linda y fuma, que se yergue recta en su silla sacando tetas, como si tuviera un palo de escoba insertado en la columna, acompañada por una vieja de cincuenta años, flaca y arrugada que se dedica a conversar temas triviales que a nadie le importan con la putona. Frente a su escritorio se acomoda una fila de personas esperando ser atendidas.

Antes de hacer la fila, por las dudas de que no sea la mía, me adelanto a hablar con la secretaria.

‘Disculpame, yo tenía turno con el Dr. López a las tres de la tarde...’ (a tener en cuenta que eran las cuatro menos veinte ya)

‘¿El Dr. López? Sí... Hacé la fila por favor así te atiendo.’

En ese momento se cruzaron por mi cabeza llamaradas de insultos, pensando en decirle que si yo pedía turno para las tres, me tenían que atender a las tres, que no iba a llegar a las dos de la tarde porque a ellos se les cantaba hacer toda una burocracia para una consulta miserable, que eran una manga de incompetentes acaudalados atrás de un mísero mostrador, y que qué se creían que eran. Sin embargo, me callé y me puse atrás de la fila.

Un rato después me atendieron. Si bien el Dr. López es el más respetable de toda La Florida y me ofreció ir el lunes siguiente sin pedir turno, que me atendía en cuanto yo pudiera, me cobró catorce pesos por una consulta de menos de diez minutos cuando tuve que esperar casi una hora para que se decidieran a dejarme pasar.

Definitivamente, el décimo infierno. Un parto que tendré que soportar el próximo lunes... ¿Acaso tan cruel y déspota fui en mi otra vida?

4 comentarios:

Will dijo...

Podemos incluir en el decimo circulo a Cumbio? Porfas.

Y en cuanto al "¿Acaso tan cruel y déspota fui en mi otra vida?" Te aseguro que yo si.

Me gusto tu blog. Es como esos grandes e interesantes lugares que pocos conocen. Te dejo un abrazo.

Chaito!

Ella dijo...

Elige al boludo del año!!!!

Cortazariana dijo...

Hola!
es él...

gracias por pasarte!

que aportes tan interesantes... cronopio? esperanza?

Edukadores dijo...

¿Sabes qué?
Lo que más detesto en este mundo son los hospitales, clinicas, salitas y todo espacio en el que se alojen esos sujetos que tienen el titulo de medicos, y lo unico que hacen es revisarte por TODOS lados, parece qeu deseando que tengas una enfermedad, te miran, te tocan, te preguntan, te hacen ir y venir, dar vueltas, sacarte sangre, pedir una segunda opinion, te enriedan con sus palabras inentendibles, sin contar las monedas que gastas de colectivo para ir a verlos y que te digan "volve mañana y pasado y despues de pasado" JA! como si uno viviese para cuidarse de todas las miles y millones de enfermedades del mundo. Los detesto. chau, me enoje